Un día estaba sentado en el aula cuando mi amigo el Gato me preguntó si quería trabajar de mesero en un salón de eventos. Lo primero que se me vino a la mente fue que necesitaba ganar algo de dinero. No pensé en lo que iba a aprender ahí — las habilidades blandas que nadie anuncia en el menú.

Llegué al salón ese primer día sin saber nada de cómo agarrar una charola ni de servicio. Era el más chaparro del equipo — y eso que mido 1.74 —. Los demás ya tenían experiencia, se les notaba. Uno de ellos me dijo algo que se me quedó grabado sin que yo lo eligiera:

“Aquí lo que tenemos que hacer es dar un buen servicio, rápido, las mesas bien atendidas. Si ocupas ayuda, nos dices.”

Sin filosofía. Sin motivación forzada. Solo la instrucción y a moverse.

Con el tiempo noté algo curioso: algunas familias regresaban. El salón era pequeño — 150 personas máximo. En realidad no era un salón de eventos, era una casa adecuada para hacer fiestas. Y aun así volvían. Un día le pregunté a una de las personas que regresaron a hacer un evento: ¿por qué volvieron? Me dijo: “Lo que me gusta de aquí es el servicio de ustedes. Son unos chavos muy movidos y nos atienden muy bien.”

Ahí no lo dimensioné. Era un chavo estudiando ingeniería, cargando la charola los fines de semana. Pero algo se fue instalando sin hacer ruido.

Veinte años después, entendí que ese día no aprendí a ser mesero. Aprendí que la actitud determina el resultado. Y que eso aplica en todos lados.

Incluyendo en un banco, un martes a casi las 11:00 am, con una cajera que me miró como si yo fuera el problema — de esas miradas que te desintegran.

Todo empezó porque el banco me estuvo mandando mensajes: que cambiara mi tarjeta de débito, que era urgente, que a la voz de ya necesitaba ir a la sucursal. Revisé la tarjeta — faltaban cuatro meses para vencerse —. Pero los mensajes seguían.

Planeé el día en mi agenda — la que me regaló mi amiga Areli Quizaman y que antes no usaba, y hoy reconozco que es una herramienta real —. Llegué al banco, tomé turno. El ticket decía textual: “TARJETA DÉBITO PRÓXIMA A VENCER. Solicita tu reposición hoy mismo.”

Cuando me tocó el turno, entregué mi tarjeta. La cajera me lanzó una mirada y preguntó por qué había ido si mi tarjeta todavía tenía meses. Le expliqué: los mensajes, el turno, la leyenda impresa. Me dijo que eso le salía a todos. Que podía esperar.

Y en ese momento mis pensamientos empezaron a fluir. La pregunta obvia: ¿por qué molestarse con el cliente si el mismo banco lo está invitando a cambiar la tarjeta?

Lo que pasó después es lo que me interesa contarte.

No respondí con el mismo tono. No me molesté. Mi mente procesó, sintió la sorpresa, y eligió empatía. Pensé: solo el que menea la olla sabe su contenido. Quizás ella había contestado esa misma pregunta veinte veces ese día. Quizás el sistema la frustraba a ella también.

Y ahí lo vi claro: todo lo que había estado leyendo, promoviendo, practicando — la filosofía estoica, la idea de que controlamos cómo reaccionamos a lo que nos pasa (recientemente mi amigo Sergio Tirado me regaló el libro Invicto de Marcos Vázquez, te lo recomiendo), la meditación que estoy construyendo como hábito — no era teoría. Había funcionado en tiempo real, en un banco, con una cajera molesta y una tarjeta que no necesitaba cambio.

No reaccioné. Respondí. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas, y esa diferencia se construye despacio, con práctica, antes de que llegue el momento.

El chavo que aprendió a dar buen servicio cargando charolas no sabía que estaba entrenando algo más que puntualidad y buena actitud.

Estaba aprendiendo que la forma en que respondes a lo que pasa — no lo que pasa en sí — es lo que define quién eres.

Años después, en ese banco, lo comprobé.

Eso es la mentalidad. No es un discurso. Es lo que queda cuando el momento llega y ya no hay tiempo de pensar — todo ocurre de manera automática, porque ese hábito ya está aprendido.

Qué chingón darte cuenta de que es real. De que tu mente lo procesa sola, sin avisarte.

Reí. Salí con una tarjeta nueva. Y de paso, está padre el nuevo diseño.

Anímate a construir buenos hábitos. No es fácil y no es rápido — olvídate del mito de los 21 días, eso no tiene sustento real. Los hábitos se forjan con repetición, caídas y tiempo, mucho más del que te imaginas.

“Todo cambio es difícil al principio, caótico en el medio y hermoso al final.”— Robin Sharma

Empieza hoy.

Javier Chávez

Insistir, persistir, resistir — y compartir lo que vale la pena.

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