Isra Bravo dice algo que no se me olvida:

“Las oportunidades están ahí afuera. Solo es cuestión de observar.”

Lo leí. Lo entendí. Lo creí.

Pero no lo había probado de verdad hasta que me dolió una muela como si el diablo me estuviera cobrando una deuda.

Era domingo por la noche.

Un dolor que no avisa, que no negocia. De esos que te hacen hacer cosas que normalmente no harías — como buscar a Dios a las 11 de la noche sin ser creyente practicante.

Keterolaco sublingual. El único aliado disponible.

El lunes busqué cita. Había disponible a las 2:00 pm. La moví para el final del día porque era el cumpleaños número 20 de mi hija y ya tenía planeada una comida familiar. Tomé otro keterolaco, comí con mi familia, estuve presente. El dolor no ganó ese round.

Pero seguía ahí.

Lo que vino después fue un peregrinaje.

Doctor No.1. Diagnóstico que no me convenció. Medicamento. “En tres días debes estar mejor.” No esperé y empecé a buscar otras opciones.

Un amigo me recomendó otra clínica. Conseguí cita el miércoles. Llegué puntual con mi compañero inseparable — el dolor de muela. Tecnología diferente, tomografía desde el primer momento, otra actitud. Pero tampoco había certeza. Otro medicamento, algunas maniobras, instrucción de esperar. Y dejar el medicamento anterior.

No mejoré.

Insisto. Solo me pueden atender hasta el viernes a las 4:00 pm. Llego puntual. Ahora se suma el Doctor No.3, responsable de la clínica. Dos doctores revisando el caso. Pruebas de frío, golpes, presión. En un momento, un dolor tan intenso que solo pude pensar: “me llegó hasta el tuétano.” El doctor lo vio en mi cara antes de que yo dijera algo.

Nueva tomografía. Sin costo.

Me llevaron a un cuarto a esperar los resultados.

Ahí fue donde pasó algo que no tenía planeado.

Sentado. Con el dolor. En un sillón que daba a un patio interior.

Y a través de la ventana vi una falla en la tubería del aire acondicionado.

Una salida mal reparada. De esas que en temporada de lluvias generan humedad, filtraciones, daño en equipos. Y justo esa línea iba hacia donde estaba el equipo de tomografía — el más valioso de la clínica.

Saqué el celular.

Tomé la foto.

Consciente de lo que estaba haciendo.

No fue un instinto. Fue un hábito. El hábito de observar que he construido durante años como ingeniero, como constructor, como alguien que entrena el ojo aunque nadie esté viendo.

Y en ese momento me acordé de Isra: las oportunidades están ahí afuera.

El diagnóstico de ese día fue honesto: “Tu caso está fuera de mi expertis. No estoy seguro de tu diagnóstico. Te voy a recomendar al doctor que puede ayudarte.”

Esa sinceridad me pareció más valiosa que cualquier medicamento.

Le marcan al Doctor No.4. Está ocupado, solo tiene cita hasta el lunes. Me pronuncio: el dolor es fuerte. Dice por el altavoz — “si te vienes en este momento te atiendo.” Voy para allá.

Pero antes de salir, con el dolor hasta el tuétano, le digo al Doctor No.3:

“Soy ingeniero y no lo puedo evitar.”

Saco el celular. Le enseño la foto. Le explico la falla. Le digo que en temporada de lluvias va a tener problemas. Me dice: “Mándame a alguien, me interesa.” Me pongo de acuerdo con el Doctor No.2, ya tengo su número.

Me acuerdo de Checo Pérez. Acelero.

Quince minutos después estaba en el consultorio del Doctor No.4. Desde que lo vi supe que era el indicado — se le notaba la experiencia, la autoridad, la certeza. Detectó la fisura de inmediato. Me explicó lo que había que hacer. “Espero tengas testamento por si se pone fea la cosa”, bromeó el Doctor No.4. Hora y media después salí sin dolor.

La semana siguiente le di seguimiento a la falla.

Visita técnica a la clínica. Salieron más detalles. Revisión completa del edificio.

Ya tengo el contacto del dueño.

Ya tienen una cotización en mano.

¿El monto? No es lo importante. Lo importante es lo que representa: un cliente de alto perfil que no existía hace dos semanas. Que llegó no por una propuesta comercial, no por publicidad, no por una estrategia de ventas.

Llegó porque en el peor momento — con dolor, esperando resultados, sin saber qué iba a pasar con mi muela — seguí observando.

Ya ejecutamos. Ya entregué el trabajo. Me lo recibieron. Ya me pagaron.

Todo empezó con una foto que nadie me pidió tomar.

Observar no es un talento.

No naces sabiendo ver lo que otros no ven.

Es un hábito. Se construye. Se entrena. Se practica cuando no duele para que funcione cuando sí duele.

La mayoría va por la vida con el piloto automático puesto. El celular en la cara. La cabeza en el ruido. Pasan frente a oportunidades todos los días y no las ven porque no han entrenado el ojo.

Yo ese día tenía el dolor más intenso que he sentido en años.

Y aun así vi la tubería.

No porque sea especial. Sino porque tengo la curiosidad de ver fallas y pensar cómo repararlas. Algo que sin darme cuenta tengo instalado de manera automática. Ya es un hábito.

La pregunta es cuál es el tuyo.

¿Qué estás entrenando para ver?

Porque las oportunidades no llegan cuando estás cómodo, descansado y con todo bajo control.

Llegan cuando menos las esperas.

Y solo las ve quien ya entrenó el ojo antes de necesitarlo.

Javier Chávez

Insistir, persistir, resistir — y compartir lo que vale la pena.

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