Hay un ruido en mi oído izquierdo que lleva siete años sin parar.

No importa si estoy en una reunión, dando clase, o acostado a las tres de la mañana.

Está ahí.

Las 24 horas.

Se llama tinitus. Y lo que nadie me dijo — ni el primer médico, ni el segundo, ni el tercero — es que una vez que llega, no se va.

El oído no se regenera como otros tejidos del cuerpo.

Cuando pierdes la audición, la pierdes.

Te lo digo yo, que soy ingeniero civil, no médico. Que tengo más de 21 años usando el celular. Que durante años — siempre — lo contesté del lado izquierdo.

Del lado donde hoy tengo silencio y ruido al mismo tiempo.

Empezó con un dolor puntual.

Estaba fuera de la ciudad. Se intensificó. Busqué un otorrino. Me dijo que tenía una infección fuerte y tuvo que medicarme e inyectarme para que yo pudiera manejar de regreso a Mazatlán.

Ese fue el inicio visible.

Pero el daño venía construyéndose desde mucho antes.

Desde el año 2001, cuando salí de la carrera, agarré mi primera chamba en obra y me compré mi primer celular. En ese tiempo como hoy en día, para poder estar comunicado con tu jefe. Era practicidad pura.

Veinte años después, esa practicidad me cobró la factura.

Cuando ya tuve el diagnóstico — hipoacusia y tinnitus — me quedé con una pregunta que ningún especialista supo responderme con claridad:

¿Por qué me pasó?

Así que me puse a buscar.

Y encontré un estudio del Instituto de Salud Ambiental de la Universidad de Viena que comparó 100 pacientes con tinnitus crónico contra 100 personas sin el problema. Su hallazgo: quienes usaban el celular tan solo 10 minutos al día tenían 71% más probabilidad de desarrollar tinnitus. Y quienes lo usaban por más de cuatro años, el doble de riesgo.

La ciencia todavía debate si esa relación es causal o coincidencia. Un metaanálisis más reciente revisó seis estudios de alta calidad y no encontró asociación definitiva.

Yo no sé si ese fue mi caso.

Lo que sí sé es que pasé años con el celular pegado al oído izquierdo.

Y el tinnitus lo tengo en el oído izquierdo.

Tú saca tus propias conclusiones.

Buscando más, me topé con un concepto que casi nadie maneja: el electrosmog.

Así como existe la contaminación del aire — el smog que ves en las ciudades —, existe la contaminación electromagnética. Son las radiaciones que emiten todos los dispositivos electrónicos a tu alrededor. Tu celular. Los audífonos. El WiFi. El router. Las antenas telefónicas.

No la ves.

No la hueles.

No la sientes.

Pero está aquí. Ahora mismo, en el cuarto donde estás leyendo esto.

La OMS dice que existen niveles normales de exposición y que no hay efectos adversos probados. Lo que no dice claramente es cuáles son esos niveles normales cuando nunca antes habíamos vivido rodeados de esta cantidad de dispositivos al mismo tiempo.

Celular. Audífonos. Reloj inteligente. Pulsera. Anillo. WiFi. Antena 5G.

Todo simultáneo. Todo el día. Todos los días.

Antes no existía eso. Y nadie nos está diciendo con certeza qué significa que ahora sí exista.

Llevo 21 años dando clases.

Algo que antes no veía y hoy veo en cada salón: mis alumnos entran con audífonos puestos. A veces uno. A veces los dos. En clase, en el pasillo, en el gimnasio, en la tienda. Prácticamente todo el día.

No te digo que no los uses.

Te digo lo que encontré: la OMS estima que 1,100 millones de jóvenes entre 12 y 35 años están en riesgo de daño auditivo permanente por el uso prolongado de audífonos a volumen alto.

Mil cien millones.

Y el problema no avisa. No te manda notificación. No te da señal de alerta. Un día simplemente escuchas diferente. O empieza un zumbido que no tiene fuente.

Y ya.

El peor momento con el tinnitus no es el día que lo descubres.

Es el silencio.

Cuando la habitación está completamente en silencio, el ruido se intensifica. Es paradójico y es brutal. El especialista me dijo que usara ruido blanco de noche para no quedarme solo con ese sonido. Porque para las personas que además tienen ansiedad, ese zumbido constante se puede volver insoportable.

Siete años después, sigo con él.

No me quejo. Sigo en el proceso igual que tú.

Hay algo más que no te he dicho.

En mi oficina, durante años, tuve el módem del WiFi del lado izquierdo de mi escritorio. Cerca de mi oído izquierdo.

No lo pensé dos veces porque nadie piensa en eso. El módem está ahí porque ahí llegaba el cable, y ya. Es mueble, es parte del fondo, es invisible.

Cuando empecé a buscar información sobre el electrosmog, una de las primeras cosas que hice fue moverlo. Lo saqué de mi espacio de trabajo.

No porque tenga la certeza de que ese módem me hizo algo.

No la tengo. Y como ya te dije, la ciencia tampoco la tiene del todo.

Lo moví porque no necesito la certeza para tomar la decisión.

Con el celular fue distinto. Ahí no hubo decisión, hubo obligación. El oído izquierdo ya no me sirve para contestar — así que ahora contesto del derecho. Cuando puedo, uso el altavoz. No fue una corrección que hice por prevención. Fue una corrección que el problema me obligó a hacer.

El módem sí fue distinto. Esa decisión la tomé yo, con información, antes de que nada me obligara.

Esa es la diferencia que te quiero dejar.

No se trata de que no uses el celular, dejes los audífonos o vivas sin WiFi. Eso no es realista.

Se trata de dosificar lo que no ves, antes de que el problema te obligue a hacerlo.

El celular lejos del oído cuando puedas usar el altavoz. Los audífonos con descansos, no como una segunda piel. El módem fuera de tu espacio de trabajo, no a veinte centímetros de tu cabeza ocho horas al día. Momentos del día sin ningún dispositivo encima — ni en la muñeca, ni en la oreja, ni en el dedo.

Pequeños ajustes. Decisiones de bajo costo. Cosas que no te quitan nada importante pero que, con el tiempo, pueden ser la diferencia entre cuidar tu cuerpo o cobrarte la factura veinte años después.

Yo ya pagué parte de esa factura. La pago todos los días, las 24 horas, en mi oído izquierdo.

Tú todavía estás a tiempo de decidir cuánto vas a pagar tú.

Cuidas tu carrera.

Cuidas tus proyectos.

Cuidas tus relaciones.

¿Cuándo fue la última vez que cuidaste lo que te permite escuchar todo eso?

Sin salud no hay riqueza. Sin salud no hay proyectos. Sin salud no hay nada.

Javier Chávez

Si este texto llegó en el momento correcto, compártelo. Hay alguien en tu vida — un alumno, un hijo, alguien con los audífonos puestos todo el día — que necesita leerlo antes de que el problema llegue.

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