Me llegó una imagen hace unos días.
Cinco filas de gente, cada una frente a una puerta distinta.
La primera fila —la más larga, la más llena— es la de los que tienen ideas para criticar. Le sigue la de procrastinar. Después la de generar ideas. Después la de hacer un plan.
Y al final, una sola persona, frente a una puerta abierta, parada con los pies en el umbral.
Esa es la fila de tomar acción.
Es de esas imágenes que se leen en tres segundos. Tan simple que casi no le pones atención. Pero entre más la veo, más me doy cuenta de que pega más fuerte de lo que aparenta, porque toca algo que no tiene nada de simple: dar ese paso.
Todos tenemos una idea. Eso ya lo sabes. Lo que nadie te explica bien es por qué, teniendo la idea clarísima, te quedas parado en alguna de las primeras cuatro filas.
El problema no es la mentalidad
Por eso existe este newsletter. Constructor de Mentalidades no es un nombre bonito que se me ocurrió un día. Llevo tiempo tratando de descifrar qué significa esa palabra, porque la usamos frecuentemente y no la entendemos del todo. La usas en finanzas, en lo profesional, en lo familiar. "Necesitas la mentalidad correcta" para ahorrar, para que tu negocio camine, para que tu casa funcione. Suena bien, suena profundo, pero en el momento en que tienes que aplicarla a algo concreto —tu ahorro, tu proyecto, tu lunes en la mañana— no hay claridad por donde iniciar.
Lees o habrás escuchado "ten la mentalidad correcta" como si fuera un interruptor. Lo prendes y ya, ahora sí ejecutas. Pero si fuera así de simple, esa fila de "tomar acción" no sería la más corta de las cinco.
El problema no es la mentalidad. Es que no tienes un sistema que te obligue a moverte cuando la mentalidad te falla —porque te va a fallar más de alguna vez.
Hay una voz adentro que juega contigo. Te mete el "qué tal si sí" un segundo, y al siguiente te clava el "qué tal si no". No se calla.
El sistema que estoy probando
No hay vuelta de hoja: primero tienes que imaginarlo. Tener algo claro, concreto, que de verdad quieras hacer. Sin eso, no hay sistema que te salve. Pero imaginarlo no es difícil. Lo difícil viene después.
Yo tampoco estoy conforme. Quiero construir algo más, y llevo tiempo en esa lucha diaria de no quedarme solo en la idea. Ahorita estoy con esto: lo escribo, en la mañana hago una acción chica enfocada en eso que quiero, y en la noche hago un resumen de qué hice y qué no.
Escríbelo. Tiene que existir fuera de tu cabeza para que dejes de negociarlo con la voz que te detiene.
Por la mañana, una acción chica. No el proyecto completo. Una sola acción que puedas hacer aunque el día venga torcido. Esa es la que cruza la puerta. Todo lo demás sigue siendo planeación.
Por la noche, un resumen. Qué hiciste, qué no, por qué. Sin drama. Solo registro.
Y otra vez. Hasta que deje de ser esfuerzo de voluntad y se vuelva la forma en la que simplemente operas.
No te voy a decir que esto es la fórmula que todo lo resuelve, porque sería mentirte. Lo estoy probando yo mismo. Si me funciona, te lo cuento en unas semanas con resultados, no con teoría.
Y hay algo más, que para mí es el fondo de todo: anímate a intentarlo. No le hagas caso a las voces que te quieren quitar el entusiasmo —vas a tener varias, empezando por la tuya. La única excepción real es si lo que quieres hacer le hace daño a alguien. Fuera de eso, intentarlo y fallar te deja más cerca de donde quieres llegar que quedarte parado escuchando por qué no deberías.
No te lo digo de lejos. Hace poco me junté con dos compañeros y arrancamos un proyecto digital. No sabemos a dónde nos va a llevar, ni falta que hace. Lo que estamos haciendo es tomar acción. Si esto te suena a puras palabras, no es así: lo estoy intentando yo también, ahora, mientras te lo cuento.
Una cosa es hacer las cosas de manera rutinaria, lo que ya traes andando. Otra muy distinta es querer transformar algo, llevarlo a otro nivel. Para lo primero el día te lo va llevando solo. Para lo segundo sí tienes que esforzarte, dar el paso de salir de donde estás parado. Esa diferencia separa a quien sigue en automático de quien de verdad se mueve.
La red importa tanto como el sistema
Hay algo que en redes sociales casi nadie menciona cuando habla de mentalidad: no lo haces solo.
Puedes tener el sistema más claro del mundo y aun así quedarte parado, porque por dentro no terminas de creer que se puede. Ahí entra la gente que tienes alrededor.
Rodéate de quienes ya están haciendo algo, de quienes ya cruzaron esa puerta. No porque te vayan a empujar, sino porque verlo de cerca es lo que hace que tu propia voz interna deje de preguntar "¿será que sí se puede?" y empiece a decir "sí se puede". Esa certeza no nace sola en tu cabeza. Se construye viéndola en otros.
No hay fórmula mágica ni truco secreto. Es simplemente inténtalo —y rodéate de quienes te demuestren, con hechos, que el intento sí lleva a algún lado.
Por qué importa esto
La imagen lo dice mejor que cualquier párrafo: todos tienen una idea. Para criticar, para procrastinar, para generar más ideas, para hacer otro plan. Lo que te separa de los demás no es tener la mejor idea. Es haber cruzado la puerta.
Y cruzarla no es un acto de inspiración. Es un sistema que repites hasta que se vuelve quién eres.
Javier Chávez
¿Cuál es la puerta frente a la que llevas más tiempo parado? Contesta este correo, lo leo todo.

