
En el año 2000, yo dibujaba con regla T y escuadras.
No había laptops. No había atajos. Todo era a mano, con tiempo, con paciencia. En ese tiempo fue el inicio de algunos softwares para Ingeniería y el trabajo se empezó a hacer más rápido y con mayor precisión. Pero el humano seguía siendo quien alimentaba a la máquina. Nosotros mandábamos. La tecnología obedecía.
Eso ya no es así.
El mundo cambió. Tú, ¿cambiaste?
En 2020, la pandemia aceleró todo lo que llevaba años gestándose. El trabajo remoto, las reuniones en línea, las clases virtuales. Ya no fue opcional adaptarse. Fue sobrevivir o quedarse atrás.
Dos años después, en 2022, llegó ChatGPT y volvió a mover el tablero.
Yo lo vi de cerca. Lo veo todos los días en mis alumnos, en mis compañeros, aquí en Mazatlán. Y cuatro años después de ese momento, la realidad es esta: la mayoría todavía no adoptó la herramienta de verdad. La conocen. La han tocado. Pero no la usan como lo que es, una gran ventaja competitiva.
Y el problema no es la herramienta.
Dos ejemplos. Diez minutos cada uno.
Hace poco un alumno me preguntó si existía alguna inteligencia artificial que pudiera generar imágenes de canales hidráulicos agregándole algunos parámetros. En lugar de buscarle respuesta en Google, me puse a probar con Claude. En diez minutos tenía funcionando un simulador de hidráulica de canales trapeciales. Una aplicación real. Funcional. Que hoy la pueden usar los alumnos como complemento de su clase.
Diez minutos.
Otro día conecté mi correo a mis herramientas digitales. Construimos — yo y mi agente digital (lo llamo Constructor Digital) — un examen en línea, hicimos algunos borradores, una vez afinado, él se encargó de revisar los exámenes, calcular las calificaciones y enviamos un correo personalizado con los resultados a 43 alumnos. Cuarenta y tres correos en menos de un minuto.
¿Sabes lo que eso significa? Que recuperé tiempo. Tiempo real. Tiempo que antes se iba en tareas mecánicas y repetitivas.
Pero aquí viene la pregunta que nadie se hace: ¿Qué haces tú con el tiempo que recuperas?
El filtro que lo decide todo
Hay personas que ven estos cambios y dicen: “qué interesante”. Y siguen haciendo lo mismo de siempre.
Hay otras que dicen: “voy a probar”. Y se meten. Sin que nadie los mande. Sin esperar a que sea obligatorio. Sin pedir permiso.
La diferencia entre los dos grupos no es la inteligencia. No es el acceso a la tecnología. No es el dinero ni el tiempo libre.
Es la mentalidad.
La mentalidad es ese filtro invisible que procesa lo que ves y decide si lo conviertes en acción o lo dejas pasar. Es lo que separa a quien se adapta de quien se queda esperando que alguien más lo haga por él.

La curiosidad no es un rasgo de personalidad con el que naces o no naces. Es una decisión que tomas todos los días. Es meterte a un curso por tu cuenta. Es probar algo aunque no sepas cómo va a salir. Es tolerar la incomodidad de no saber para llegar al otro lado sabiendo.
Nadie te va a ver haciendo ese trabajo. Nadie te va a aplaudir mientras aprendes en silencio. Pero los resultados sí se van a notar. Y cuando se noten, ya será tarde para los que esperaron.
Lo que te estoy diciendo
No te estoy diciendo que seas experto en inteligencia artificial.
Te estoy diciendo que la tecnología ya llegó. Que no va a esperar a que estés listo. Que el tiempo es el recurso más escaso que tienes y que hay herramientas que hoy te pueden devolver horas de tu semana.
Pero para aprovecharlas necesitas algo que no se descarga ni se instala: una mentalidad dispuesta a cambiar, a probar, a equivocarse y a seguir.
Eso se trabaja. Todos los días. Sin que nadie te vea. A ese proceso de construcción interna yo le llamo Ingeniería del Carácter. Y es exactamente de lo que voy a seguir hablando.
La pregunta no es si la tecnología va a cambiar tu trabajo.
Ya lo está haciendo.
La pregunta es qué tan caro te va a costar seguir mirando.
Javier Chávez
Si esto te hizo pensar, alguien más lo necesita leer.
